Simplemente es para ti.

Ríanse de mi los miedos si tu arte yace inerte en mi mano, tan pequeña, tan mísera, llamando mi atención a pesar que el viento me reclama. ¡Qué egoismo, qué poder! Si mi nombre susurras mi cuerpo tiembla en terremoto y gira en huracán, movido por el viento celoso de tu magia sobre mi labios, mis nervios y cicatrices.

Joder cómo escueces, cómo duelen tus filos que cortan mis vocablos sin sentido cuando con todo tu ser buscas dentro de mi, entrando por mis pupilas y mi respiración. Te fundes con el oxígeno, lo empapas de tu arte y en mis pulmones tu musa hace un nido. Vuela por mi laringe y en mi boca se recrea. Le dedica al oído más maravillas a parte de las que, tú, le regalas a los ojos ya malditos por la eternidad sel fuego de tu recta lujuria.

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Que no se apague tu sol.

Corre por mi vida tu mirada, como si se tratase del ser humano buscando el fondo más profundo del mar, o el fin más lejano del infinito. Rotando en mi interior cegado por la perspectiva de un pasado demasiado brillante, porque tu sol en mi no deja ver las estrella, todas las explosiones de fuego que me queman el alma en constante movimiento.

Aunque busques fondo yo sé que no es lo que realmente anhelas encontrar. Que buscas esas estrellas cuya existencia desconoces en tu día constante, en tu sol radiante, en esa fuerza que emana tu propio ser casi por naturaleza. Las estrellas a veces son atrayentes pero no dejes que tu sol se apague por conocer mi abismo sin amarguras menores, no dejes que se ahogue en mi propio Leteo, no olvides toda tu dicha radiante, que si te apagas tú, el frío vuelve a mi y en mi invierno no existe la navidad. Que donde no hay color, no hay ni belén, ni luces, ni un profeta que nos salve de la estrella mayor, del verdadero fuego del infierno. Que mi miedo es verte en el Erebo con tu fuerza olvidada y tu mirada marchita, frío, siendo menos tú que nunca.

No corras ahora que la muerte descansa.

Me has cogido los sentimientos y los has metido en una batidora. Ahora más que nunca no me sé asegurar si de verdad soy yo quien tiembla, o es tu fuerza que mueve el universo y mis ganas de que jamás acabe este descanso. Te acercas y tu calor sofoca mi eterno frío, me ahogas hasta la firmeza que solía tener mi mirada, ahora se enconde buscando un refugio en el suelo. Alguna vez me has cantado algo de volar, pero todavía me cuesta gatear y tú con toda tu seguridad ya has comprado dos billetes de avión y yo no he superado mi fobia a las alturas y las azafatas.

Articulaciones

Idílicas rectas rotas que te proporcionan movimiento, te mueves y dejas rastros de belleza por donde tu pelo ondea y no te puedo seguir el ritmo. Me quedo sin aire porque giras a mi alrededor, o quizás es del revés no sé estoy tan mareada, el caso es que en mi niñez no me enseñaron a respirar belleza y, o dejas de moverte o voy a morir con un orgasmo tan grande que ahogará mis gritos y me impulsará al paraiso. La asfixia duele y tengo miedo, miedo de que me manden con un dios en el que no creo de una patada. Pero como ya escupí en el papel una vez “a” nunca es mejor que “b” así que danza hasta que el hipotético creador me mande directa al infierno de tu vendita lujuria.

Polvo… pero no de revolcón.

Me cambiaron tanto de manos… Cuando las manos estaban libres construian cimientos ni si quiera con restos de techo, y las huellas duran poco en el polvo. Me enseñaron a no echar de menos, a que nadie se queda, que el polvo asfixia y morir ahogado no es agradable y menos aqui.

¿De qué me valen las estaciones?

Corría entre las arrugas que se forman en tu rostro cuando sonríes, huyendo de la lágrima que proboco, llamando a mi destino, sabiéndome muerta. Estoy en un sofá viejo y áspero, a la espera del frío invernal. Mientras un manto de ojas caídas cruje bajo mis miedos, y restos de la primavera me arden en alérgias a la alegría que me rehuye, me odia y me tortura. Me muerdo las uñas como defensa de tu mirada profunda, afilada, que corta mi corazón y lo sirve ya para la cena de Navidad.

La recta línea del silencio.

Corazón, latido, eso suena. Como una linea rota, casi un pecado como romper la línea de tu sonrisa, de tu espalda, como romper la rectitud que te encanta mantener cada vez que en un papel doblado me dedicas un verso, como romper una recta entre tus curvas. Más pecado que el de tapar el hueco de entre tus piernas con algo que no sean mis ganas.
Me tragaría mis torcidas palabras pero entonces oiría el latido de la locura, y no quiero saber que estoy viva, no quiero vivir. Prefiero el riesgo de soñar, porque lo primero nunca es mejor que lo que viene después. Prefiero la ”b” de tu belleza a la ”a” de la amargura de tus palabras tristes y un café caliente, que aunque queme no deja de estar mejor que lo anterior. Y si, amor es con ”a” pero también amargo y prefiero no amarte y soñarte, arriesgarme a vivirlo como si esto fuese un sueño y lo peor que pudiera pasar fuese despertar. Pero no es así, no eres un sueño y todas las señales están en mi espalda, llevan la firma de tus uñas. Que más daría si despertase si al fin y al cabo solo soy un mosaico de restos de mi que tú pegaste con tu recta lujuria.

¡Corre!

Impresiona mirarte en un espejo y no ver tu reflejo, estropeado por los daños. Corre que la muerte te persigue, no le des tu aliento, no mires en un charco a encontrarte, no estás si dudas de tu existencia y mientras frenas ella te atrapa, te arrastra al más allá y en sus puertas te envenena.